mayo 04, 2018

Mirarse por dentro

Quiso mirar y encontró un paraíso, 
quiso mirar y encontró el infierno, 
quiso mirar donde siempre nos duele…
 José A. Quesada

Como trabajo de noche y madrugada, cuando tengo que levantarme temprano y viajar espero a conseguir un asiento del ómnibus para cerrar los ojos durante el trayecto y sosegarme; pero el interior de cualquier ruta urbana es un universo draconiano, una aventura donde queda expuesto lo oscuro de las almas o su limpieza.
Entre el calor humano (entiéndase literalmente), las espaldas pegadas, el anciano que empuja a la estudiante mientras blasfema sobre la juventud y los ojos vidriosos de los rutinarios, van las historias para dejarse apropiar por quien, simplemente, tenga oídos.
Lo más curioso es que muchos pasajeros no relatan su vida, sino la de otros; así conocí sobre la estudiante universitaria enamorada de un hombre mayor; la injustificada excarcelación de un aparente culpable; el durísimo examen de Química y el profesor inepto; el jefe impopular que designaron en cierta empresa; y más de todo lo ajeno.
Se sabe que la representación social sobre alguien se completa con lo que cada cual cree y dice de él; las historias tienen del imaginario individual y colectivo porque también se construyen desde subjetividades y prejuicios.
He conocido a una supuesta enamorada de un hombre mayor, siendo nada menos que una hija admiradora de su padre; he hojeado exámenes accesibles después de una advertencia por su dificultad, soy amigo de muy buenos profesores condenados por vagos alumnos que no admiten más rigor que el impuesto por su mediocre y antiguo maestro; he compartido con seres humanos excepcionales cuya humildad es tan alta que no se reconoce a ella misma y son jefes justos a pesar de algunas sórdidas campañas en su contra, matizadas por la envidia y la antipatía a lo nuevo. He conocido culpables que son inocentes.
Será más habitable el mundo si aprendemos a mirarnos primero por dentro, si descubrimos, además del ángel, al demonio que también nos habita. Si admitimos las tantas veces que hemos sido mediocres, autosuficientes, odiosos, injustos a los ojos de otros, sin poder desmentir del todo el juicio. Habrá que eliminar la costumbre de perturbarnos con lo desconocido, de subestimar las actitudes, decisiones o creencias ajenas sin conocer su trasfondo, de hacer lo que no soportamos que nos hagan.
Cada persona en alguna circunstancia de la vida se parece más a aquello que desprecia y menos a lo que pretende ser. Hablar mal y con saña de otros dice peor de nosotros mismos, su práctica cotidiana transforma el acto en una fiebre contagiosa, alimenta el prejuicio, ciega las entendederas.
Es más útil a la sociedad que en el ómnibus (y en todas partes) cada quien haga ejercicios de introspección, así se aprende a mirar mejor afuera, a ser críticos responsables, a crecer como seres humanos, y con menos palabreo; de paso, cuando me levante temprano para viajar, quizá en la ruta pueda dormir.

(Original para Granma)

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