mayo 31, 2016

Los nuestros



A veces creo ser un hombre diferente a los que miro
y mientras más cerca de la hoguera más el frío. 
Nunca el fino resplandor en las pupilas aparece,
como en troncos huecos una planta que florece.
Me urge rechazar la rutina amante de esta vida,
a la inerte realidad sin loción para una herida.

Algunas veces canto con la voz tan desgarrada,
su ácido es el vidrio de una fe desvencijada.
El tiempo es aire con sudores de los seres “más sociales”:
los míseros espejos sometidos a rituales.
Me urge ignorar toda doctrina inconsistente,
el balde colectivo de la fuente donde no quiero tomar.
Tengo derechos de andar solo, por parajes donde troncos
tienen una flor abandonada, sin ningún amigo que la quiera visitar.

A veces creo ser un hombre diferente a los que miro
y mientras más cerca de la hoguera más el frío.
Estamos condenados a parecernos a los nuestros,
por eso es que tan vivos muchos nos sentimos muertos.

Siempre muertos. 


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