mayo 16, 2016

Festival Cuba¿disco?




No soy crítico de arte ni de nada, solo utilizo esta plataforma para compartir criterios muy personales con los que, obviamente, se puede disentir.
Entiendo que los organizadores de cualquier evento dejan piel y espíritu para lograr un producto final completo; detrás de sucesos, engañosamente sencillos, existe un equipo de personas que sacrifica el sueño para llegar extenuado, pero feliz, a los días esenciales de su trabajo. La crítica es tantas veces injusta cuando se emite desconociendo el esfuerzo de esos responsables, sin advertir que son los primeros en delirar la perfección.
No dudo, por tanto, que los hacedores del Festival Cubadisco trabajen por un admirable evento, pero desde hace años cargan con un lastre. Es habitual la pregunta de los melómanos: “¿dónde están los CDs de algunos nominados?”.

 
El disco compacto (CD) nació en 1983, prometiendo mayor calidad sonora y durabilidad. En cortos años se consolidó como negocio estable dada la preferencia de los consumidores por encima, incluso, del vinilo. Se convirtió en un objeto apreciable de muchos.    
En este siglo de la digitalización; tiempo donde se sustituyen páginas web por periódicos, blogs por revistas, tablets por libros; la industria del disco está en crisis. En el mundo, con el avance de Internet y la piratería, las formas de socializar la música son vastas y una nueva generación ya entiende que puede conseguir “lo último” de sus artistas favoritos sin pagar absolutamente nada.
Me incluyo entre los que todavía prefieren el papel y conservar el “fonograma físico”, aunque en Cuba, esto último sea un fetiche demasiado costoso.
Nuestras disqueras nadan en aguas más convulsas, además de todo, les resulta difícil recuperar inversiones porque el gran público cubano no tiene acceso monetario a los discos y las leyes impuestas por el bloqueo son trabas para una óptima inserción en el mercado internacional.
Pese a las dificultades para la grabación y fabricación de CDs, el Festival Cubadisco sobrevive, y en la edición de 2016, Producciones Colibrí vuelve a llevarse el record de nominaciones con 34. Sin embargo, ¿cómo es posible que en ninguna tienda se encuentren esos trabajos musicales? Y lo que es más preocupante, ¿dónde están las grabaciones de esta productora musical que fueron nominadas y premiadas en las ediciones de 2015 y 2014?
Esta compañía discográfica, como todas, hace firmar un contrato a los artistas de su catálogo donde demanda todos los derechos sobre la cinta matriz, por tanto, según las leyes, el autor deberá ser penado si el CD llega por sus manos al público. Porque soy melómano confeso y los estatutos llevan sus trampas, tengo en mi poder muchos de los trabajos destacados en las últimas dos ediciones del Cubadisco, pero sigo sin comprender cómo pueden nominar y luego premiar a fonogramas que no están en el mercado, que los artistas no pueden vender o regalar en sus conciertos, que el público no puede tener en su rincón valioso.
Para no implicar a ningún creador, en este caso puedo tomarme de ejemplo, y no precisamente jactancioso: aunque mi CD Lares fue nominado hace dos años por Colibrí, todavía el público no tiene acceso a él, no se ha presentado a la venta, ni está en ninguna plataforma de Internet, ni puedo divulgarlo personalmente porque lo impide un contrato, ni siquiera está fabricado. ¿Cómo pudo ser electo si el ciclo está incompleto?
Admiro la voluntad de mantener tal fiesta, por más cultura e identidad en medio de un panorama adverso, pero no se puede aplaudir un éxito cuantitativo falso, no es justo gratificar un disco que solo puede conseguirse “pirateado” porque el “oficial de fábrica” no existe. Los festivales son, máxime, para la gente, y esa condición, entendámoslo de una vez, no es voluble.  

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