diciembre 28, 2015

Panaderofobia

Por Yeilén Delgado.

Como casi todos los cubanos, tengo un vecino musical que me impone sus gustos en la materia. Pero él no es el inspirador de este post, porque si bien nos castiga los fines de semana y en sus múltiples celebraciones, hasta ahora no se le conoce por madrugador y jamás enciende sus bocinas ante de las diez.
Quiero hablar de los panaderos y mi tormentosa relación con ellos.
¿Quién no ha visto los cielos abiertos cuando no compró pan el día anterior, la mañana lo sorprende carente de ese especial recurso para desayunar, y oye el grito de “panadeeeeeeroooooo”?
Yo no tiraré la primera piedra, soy fan del pan suave (que algunos han bautizado como “desmayado” por su evidente flojera – desmadejamiento- languidez); y si bien hay que pagar un poco más que en la panadería, bien lo vale si una se ahorra la caminata.
Pero, los panaderos de mi barrio son demasiado laboriosos. Antes de las seis de la mañana, pasa el primero, con silbato incluido, taladrando mi cerebro dormido. Me obliga a despertarme, cuando resta muy poco para que suene la alarma, y comience la jornada, lo que hace cada minuto más valioso.
Siempre he sido una dormilona militante y confesa, de esas a las que el mundo se le puede acabar al lado sin abandonar el sueño.
Por eso, en un increíble acto de injusticia, las primeras veces taché a mi esposo –creador nocturno- de exagerado cuando se quejó de la invasión panaderil.
Hasta que la situación se salió de control. Cada vez pasan más temprano, cuando el Sol no piensa en salir, al parecer en una competencia desenfrenada por la primicia en la captura de hambrientos clientes.
Son más de 10, uno cada cinco minutos y hasta se repiten. Los hay de timbre agudo, roncos, de voz grave. Jamás imaginé tantas formas de decir “pan, panadero”, “pan suave”, “el pan duro y caliente”.
Por eso, si digo que mis ojeras se las debo al pan, no tiene nada que ver con Pánfilo ni harinas, grasas o levadura; es un mero-vital problema de falta de sueño.
Alguien me comentó que existen regulaciones que prohíben el pregón antes de una hora determinada de la mañana. Ando tras la pista; aún no decido si esperaré a cada panadero para tener un debate, o los convocaré a todos juntos; solo sé que por una norma moral no permito a mis familiares comprar pan antes de las siete, aunque yo me quede sin comerlo.
Dejando a un lado lo humorístico, como ciudadanía nos falta mucha cultura de respeto al sueño y trabajo ajeno: la contaminación acústica nos invade. Aunque sé que es difícil trabajar con respecto a un fenómeno tan extendido y, a la vez, en ocasiones subjetivo; los gobiernos locales deben proyectarse en tal sentido.





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