mayo 14, 2015

Rutina proletaria. Súbito cambio de planes (+FOTOS)



Amanezco colmado de tareas para un día: ejercitar la voz y la guitarra; repasar el repertorio que llevaré a Argentina (amplio, para no abrumar con repeticiones al público bienhechor); estudiar armonía (parezco exasperado por ello); montarle a 30 canciones el cifrado de acordes para un libro; y editar mi primera novela (un atrevimiento, mi herejía en el mundo de la literatura). Pero el arte tiene de riesgo, lo mismo que de extraordinario. 
Un libro de Ítalo Besa Tonussi
Me enjuago el rostro: el espejo no quiere reflejar la barba tan larga y el pelo distraído del peine, el cesto desbordado de ropa sucia me culpa por su desgracia, la habitación atestada de polvo me hace estornudar y se burla. Todo está ordenado, no obstante, los libros en su sitio, al lado de la cama y abiertos; la lámpara la dejé encendida, pero es de bombillo pequeño, entonces no gasta tanta electricidad; los discos están organizados por categorías, ahí delante la colección completa de Silvio Rodríguez, incluidos dos DVD, los premios de creación Ojalá 2010, un antológico de Noel Nicola y un espacio vacío para mi Lares, que no llega nunca; la guitarra está desenfundada sobre una silla, espera su turno… y yo no sé por dónde empezar.
Colección de 6 discos, musicalizaciones de poemas de Rubén Martínez Villena

Discos de Silvio

Libros a la mitad.

“Tengo mucho que hacer.”
Enciendo la laptop, “voy a la novela”, las pasiones nuevas siempre tienen privilegios.
Tengo otro defecto, me embarga el temor constante de perder el tiempo y no logro concentrarme en una sola cosa, pienso en todo, en lo que no estoy haciendo… y suena el teléfono (el peor enemigo del arte).
-“Oigo” – estoy molesto.
-“¿Habla Rey?”
-“Sí. Dígame” – esto tiene que terminar rápido. Tengo mucho que hacer.
Pero qué sabe la voluntad presente del futuro antojadizo, pasan treinta minutos y todavía estoy con el megáfono en la mano. No me arrepiento, sin embargo, es un alimento del día.
Carlos Ruiz de la Tejera, tan maestro como humilde, quiere hablarme de la vida, de cuánto le vibró el alma escuchando cuentos de Eduardo Galeano, que era su amigo, en mi espacio “Trovadores y punto”. Él quiere que siga cantando, “pero cuídate la voz, no bebas, ni fumes…”, me habla de Benedetti, de Serrat, de Walter Martínez y me propone ir a su peña: “Serás mi invitado especial”. Tengo el rostro morado, él no puede verme; estoy mudo, él habla todo el tiempo y yo quiero escuchar: le tendió la mano a Roque Dalton, viajó en un tren al lado de Bola de Nieve, Mike Porcel le hizo una canción a su padre… el resto lo guardo para mí.
Cuelgo el teléfono. “¿Qué tengo que hacer?... ah, sí”. Cruzo la calle, me siento frente al mar, y sonrío. Miro el reloj, faltan siete horas para el ocaso.

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