mayo 07, 2015

El Ángel de Holguín



La lluvia me retuvo en un portal, no tenía paraguas…
Amanecí temprano con la disposición de recorrer la ciudad que me cobijaba, no quería irme con deudas. Eran las 7:15 de la mañana: los niños a la escuela, uniformados y límpidos, como en toda Cuba; hombres y mujeres a paso de gigantes, raudos pero cordiales, con el más sincero “buenos días”;  bicicletas con sidecar (no he visto nada parecido en otras provincias); el estadio de beisbol idéntico al de Matanzas, pero color azul; un bulevar elegante y largo… las personas miraban mi aspecto y algo temían: “este va perdido”, casi aminoraban su andar esperando preguntas del tipo: “¿cómo llego a aquí… o allá?”, yo viajaba a cualquier lugar.
Son especulaciones, sin embargo, puede que los holguineros solo advirtieran mi aspecto “raro”, despeinado, desafeitado, con los ojos abiertos y una credencial colgada del bolsillo resistiendo la gravedad.
Yo vi parques que cubrían toda la manzana, edificios coloniales bien cuidados, calles limpias; conocí gente buena, servicial y pura. Vi al hombre enjuagar los cristales de un hotel, al de carpeta auxiliarlo a veces; vi a un niño ayudar al anciano… y vi subir el sol.
Yo vi una casa de la trova, un patio de la Uneac , una casa iberoamericana, una escuela de música, una emisora de radio, un telecentro (con una recepcionista ejemplar) y un teatro. Conocí a una periodista perspicaz, un locutor competente, una promesa del canto, y una familia de oro. Comí casabe.
De tarde, otra vez llovió, y yo sin paraguas tuve que volver al portal. Recostado a una columna descubrí el grafitis: “Holguín, Ángel no te olvida”. Ganas tuve de escribir: “Yo tampoco”.

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