mayo 17, 2015

¡Amigos! Manifestación del noctámbulo.



Decían mis padres sabios: “Los amigos de toda la vida son aquellos que se hacen en la universidad”. Qué sabía yo de hacerme hombre al lado de otros que crecían igual, qué sabía yo de compartir un plato de comida entre tres personas hambrientas, qué sabía de madrugadas infinitas, de desamores compartidos, hombros secos para mojar con mi llanto, carne limpia para sanar el golpe; postrado en una cama, nueva gente aliviaba mi fiebre con pañuelos empapados de aliento; desde el escenario me acostumbré a esperarlos, porque me regalaban lo único imprescindible para un aprendiz de artista, su atención.
A esos aliados los conocí en la universidad. Nos graduamos juntos, nos abrazamos y fuimos a construir toda la vida con el ímpetu pleno de la juventud; queríamos escribir nuestra historia, para que los hijos de los hijos tuvieran el legado, y aprendieran a no ser una generación inerte.
En la noche de ayer, o en la madrugada de hoy, o en ambas, me reuní con esos amigos, “los imprescindibles” de Bertolt Brecht, y aunque uno tiene nueva barba y peinado, otro más delgado y crecido, otra con más canas… son iguales a cuando los conocí, tremendamente humanos.
También supimos que era cierto: el tiempo nos hace viejos y nos carga de responsabilidades, de proyectos que postergan encuentros frecuentes, compromisos esenciales para lograr el propósito de ser sólidos granos de arena en esta sociedad. Puede que pasen años para vernos todos juntos otra vez, para repetir doce horas ininterrumpidas de diálogos sobre cómo cambiarle el agua a Cuba, anécdotas y recuerdos calcados, quizás el mundo sea demasiado grande en distancia, pero no dejaremos de sentirnos.
Mis padres son profetas, digo, porque los amigos de la universidad sí son para toda la vida.

PD: La presente reflexión, la escribe un joven después de 37 horas sin dormir.

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