mayo 19, 2015

El Martí del siglo XXI



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Escucho, más de una vez (para mi calvario), profanar el nombre de José Martí; blandirlo como bandera aliciente en escenarios oportunistas para ganar adeptos a las causas sin nombre.
El Martí de hoy tiene veinte años, estudia una carrera de Ciencias Sociales en la Universidad; unos cuántos profesores lo tildan de alborotador, porque explota de indignación y rabia cuando los libros de textos se pudren en almacenes, como no debe hacerlo nunca el conocimiento que otros comparten; en las asambleas de la Federación Estudiantil Universitaria se pone de pie, no para hablar de corrupción, sino de los corruptos con los nombres y apellidos bien puestos, y los condena a la vergüenza eterna, esa cuyo remedio único es la muerte; le trae flores al monumento a Julio Antonio Mella no cuándo lo estipula un mandato, sino el día primero que su corazón lo quiere; no va de chismes sino de verdades punzantes; sin odio al vende Patria, pero con desprecio.  
El Martí del siglo XXI no llora lágrima, porque piensa en los que lloran sangre en el Oriente Medio; vibra cuando escucha los discursos emancipadores de los presidentes de Ecuador, Venezuela, Argentina, Brasil, Bolivia… que hablan de sus pueblos, porque a ellos se deben y no al dinero; escribe versos también, y novelas (aunque prefiere no fabular en tiempos donde la sola realidad exige el máximo de atención); Martí quiere conocer a Fidel, estrecharle la mano.
Pero el José Martí del siglo XXI busca algo mayor, que su generación también deje un legado en la historia, y que su nombre en el futuro no lo utilicen los especuladores en campañas autómatas, sino los jóvenes de entonces en su revolución. 

mayo 17, 2015

¡Amigos! Manifestación del noctámbulo.



Decían mis padres sabios: “Los amigos de toda la vida son aquellos que se hacen en la universidad”. Qué sabía yo de hacerme hombre al lado de otros que crecían igual, qué sabía yo de compartir un plato de comida entre tres personas hambrientas, qué sabía de madrugadas infinitas, de desamores compartidos, hombros secos para mojar con mi llanto, carne limpia para sanar el golpe; postrado en una cama, nueva gente aliviaba mi fiebre con pañuelos empapados de aliento; desde el escenario me acostumbré a esperarlos, porque me regalaban lo único imprescindible para un aprendiz de artista, su atención.
A esos aliados los conocí en la universidad. Nos graduamos juntos, nos abrazamos y fuimos a construir toda la vida con el ímpetu pleno de la juventud; queríamos escribir nuestra historia, para que los hijos de los hijos tuvieran el legado, y aprendieran a no ser una generación inerte.
En la noche de ayer, o en la madrugada de hoy, o en ambas, me reuní con esos amigos, “los imprescindibles” de Bertolt Brecht, y aunque uno tiene nueva barba y peinado, otro más delgado y crecido, otra con más canas… son iguales a cuando los conocí, tremendamente humanos.
También supimos que era cierto: el tiempo nos hace viejos y nos carga de responsabilidades, de proyectos que postergan encuentros frecuentes, compromisos esenciales para lograr el propósito de ser sólidos granos de arena en esta sociedad. Puede que pasen años para vernos todos juntos otra vez, para repetir doce horas ininterrumpidas de diálogos sobre cómo cambiarle el agua a Cuba, anécdotas y recuerdos calcados, quizás el mundo sea demasiado grande en distancia, pero no dejaremos de sentirnos.
Mis padres son profetas, digo, porque los amigos de la universidad sí son para toda la vida.

PD: La presente reflexión, la escribe un joven después de 37 horas sin dormir.

mayo 14, 2015

Rutina proletaria. Súbito cambio de planes (+FOTOS)



Amanezco colmado de tareas para un día: ejercitar la voz y la guitarra; repasar el repertorio que llevaré a Argentina (amplio, para no abrumar con repeticiones al público bienhechor); estudiar armonía (parezco exasperado por ello); montarle a 30 canciones el cifrado de acordes para un libro; y editar mi primera novela (un atrevimiento, mi herejía en el mundo de la literatura). Pero el arte tiene de riesgo, lo mismo que de extraordinario. 
Un libro de Ítalo Besa Tonussi
Me enjuago el rostro: el espejo no quiere reflejar la barba tan larga y el pelo distraído del peine, el cesto desbordado de ropa sucia me culpa por su desgracia, la habitación atestada de polvo me hace estornudar y se burla. Todo está ordenado, no obstante, los libros en su sitio, al lado de la cama y abiertos; la lámpara la dejé encendida, pero es de bombillo pequeño, entonces no gasta tanta electricidad; los discos están organizados por categorías, ahí delante la colección completa de Silvio Rodríguez, incluidos dos DVD, los premios de creación Ojalá 2010, un antológico de Noel Nicola y un espacio vacío para mi Lares, que no llega nunca; la guitarra está desenfundada sobre una silla, espera su turno… y yo no sé por dónde empezar.
Colección de 6 discos, musicalizaciones de poemas de Rubén Martínez Villena

Discos de Silvio

Libros a la mitad.

“Tengo mucho que hacer.”
Enciendo la laptop, “voy a la novela”, las pasiones nuevas siempre tienen privilegios.
Tengo otro defecto, me embarga el temor constante de perder el tiempo y no logro concentrarme en una sola cosa, pienso en todo, en lo que no estoy haciendo… y suena el teléfono (el peor enemigo del arte).
-“Oigo” – estoy molesto.
-“¿Habla Rey?”
-“Sí. Dígame” – esto tiene que terminar rápido. Tengo mucho que hacer.
Pero qué sabe la voluntad presente del futuro antojadizo, pasan treinta minutos y todavía estoy con el megáfono en la mano. No me arrepiento, sin embargo, es un alimento del día.
Carlos Ruiz de la Tejera, tan maestro como humilde, quiere hablarme de la vida, de cuánto le vibró el alma escuchando cuentos de Eduardo Galeano, que era su amigo, en mi espacio “Trovadores y punto”. Él quiere que siga cantando, “pero cuídate la voz, no bebas, ni fumes…”, me habla de Benedetti, de Serrat, de Walter Martínez y me propone ir a su peña: “Serás mi invitado especial”. Tengo el rostro morado, él no puede verme; estoy mudo, él habla todo el tiempo y yo quiero escuchar: le tendió la mano a Roque Dalton, viajó en un tren al lado de Bola de Nieve, Mike Porcel le hizo una canción a su padre… el resto lo guardo para mí.
Cuelgo el teléfono. “¿Qué tengo que hacer?... ah, sí”. Cruzo la calle, me siento frente al mar, y sonrío. Miro el reloj, faltan siete horas para el ocaso.

mayo 09, 2015

Encuentro con Silvio, Vicente y Segundaciter@s en el Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, hace unas horas (+FOTOS)





Desprecio su disfraz de mártir siendo verdugo.



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Respeto mucho la dedicación y el estudio de los seres humanos como para nombrarme profesional de un medio ajeno. Este blog, espontáneo, sin pretensiones populistas ni elitistas, actualizado esporádicamente cuando las condiciones y el espíritu lo permiten, no es de un periodista.

No escribo a nombre de otros, sino del mío propio. No trabajo para incrementar las visitas con sensacionalismos y después regodearme que soy de “los más leídos”, no subrayo por gusto. No copio ideas. No busco la censura para ganar adeptos en pose de víctima.
Las calificaciones se las dejo a los otros, no me proclamo “bloguero”, ni “sociedad civil”, a penas aprendo todos los días a ser trovador y renuncio al título de sociólogo porque toda profesión necesita de ejercicio constante. 
No juego con las palabras, digo caminos no bifurcaciones. Soy respetuoso de la otredad, no modero comentarios… Digo joven cubano, no “jóvenes”; digo creo, no “creemos”.
Soy consecuente con lo que escribo. No puedo ser hipócrita.
Por eso me aturden los nuevos “mártires” de la blogósfera cubana, los que hablan de Martí o el Che sin conocerlos, porque son arribistas, moscones. Los que meten la cabeza hasta el fondo con tal de no perderse un evento y ser protagonistas. El tiempo no perdona nunca, es el más sabio y real de los dioses.
No voy a expulsar las ranas del pantano, porque son de conciencia sorda; su próximo croar será igual de cínico, efectista y artificial.  No voy a contraer mi rostro, ni fruncir el seño con sus salpicones. Este post es el ocio momentáneo de mi indiferencia, un tiempo fuera para recordarles a los difuntos del entendimiento que nadie se le escapa a la historia.
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Como Martí, todavía no aprendo a odiar, pero los desprecio.