julio 14, 2014

Las culpas que tengo ¿¡Y qué!?



Ya se ha dicho más de una vez que los artistas tenemos fama de bohemios, desprendidos… algunos apuntan “irresponsables”. Mi jefa superior, por ejemplo, no encuentra justificación en mis aclaraciones. Es incompresible (para ella y otros innombrables) que alguien como yo, que solo escribe canciones y prepara conciertos, no tenga suficiente tiempo para otras tareas.
Entiéndase “otras tareas” como, deambular en una oficina de 8:00 de la mañana a 5:00 de la tarde; entiéndase “deambular” como perder el tiempo; entiéndase “perder el tiempo” como asesinar las musas... y sin musas me convierto en un mediocre del arte (si es posible llamar a algún mediocre, artista, aunque la TV se afane en ello).
No indica acaso el silogismo, disminución; por obligación cumplo las tareas que considero lógicas, y el resto (la mayoría) las ametrallo al rincón, amén de instantáneos mamotretos donde mi nombre se conjuga con rayas rojas y adivinadas evaluaciones negativas. Siguen saliendo canciones, con menos frecuencia que antes, pero al fin y al cabo, aparecen.
Prefiero ser irreverente y no conforme, defender mi lógica por encima de preceptos inadmisibles, invocados desde el maltrato, la sospecha, el desconocimiento, la improvisación, la autocracia inoportuna en tiempos de luces… sigo siendo trovador y no burócrata, además para mi buena salud, cuando encuentro una PC con teclado y conexión a Internet, me convierto en bloguero.   
Cargo todas las culpas, justas o no, las amarro a la espalda, me empino tres vasos de agua y camino montaña arriba. Las salvo de sí mismas, las cuido como hijas de un tiempo que pasará; regresarán calle abajo, crecidas, preguntando por sus autores, y se ramificarán en su pecho trunco.
Guardaré algunas culpas, advierto, nunca voy a ser inocente, porque sería demasiado aburrido.

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