abril 28, 2012

“La culpa la tiene el hombre” (Sobre una Junta desconocida)


El pasado Cónclave de “Insectos por un futuro Sostenible” (Vigésimo tercero de la historia) fue un fracaso total. El salón fue invadido por ranas que tomaron desprevenida a la jefatura. El ayuntamiento se disponía a ejercer el voto por el “Supremo Bicho” y sus respectivas “Larvas”, cuando el croar constante del horizonte verde, hizo desaparecer milagrosamente a los candidatos (una hormiga brava, una abeja reina, una cucaracha coja, un caballito del diablo y diez moscas).
Según declaraciones del Viceministro cuarto de Insalubridad y Abando (único disponible para ofrecer declaraciones a la prensa): “Este será el último Congreso, han sido 358 años de dura labor, pero nuestra comunidad no está dispuesta a sufrir este tipo de sabotajes financiados por el hombre. Seguiremos luchando desde nuestra trinchera. El tiempo nos ha demostrado que contra un enemigo tan poderoso no sirve la unidad... cuando estamos unidos somos más vulnerables”-comentó.
Gracias a nuestro corresponsal en Pestilentopía, pudimos contactar con una de las ranas implicadas en el atentado.
“Nosotras pasábamos por aquí y nos llamó la atención tantos insectos juntos, eso nos abrió el apetito –dijo.
“Los hombres no tienen nada que ver en esto, apenas piensan, se concentran demasiado en sus inventos, y no tienen oportunidad de percatarse de los restantes seres vivientes a su alrededor. Ni siquiera nos agradecerán, estoy segura, nosotras las ranas somos igual de incomprendidas que los insectos.”
Además, en Pestilentopía solo habita un hombre, nuestro enviado especial. 

1 comentario:

  1. La rana que quería ser una rana auténtica
    Augusto Monterroso

    Había una vez una rana que quería ser una Rana auténtica, y todos los días se esforzaba en ello.
    Al principio se compró un espejo en el que se miraba largamente buscando su ansiada autenticidad. Unas veces parecía encontrarla y otras no, según el humor de ese día o de la hora, hasta que se cansó de esto y guardó el espejo en un baúl.

    Por fin pensó que la única forma de conocer su propio valor estaba en la opinión de la gente, y comenzó a peinarse y a vestirse y a desvestirse (cuando no le quedaba otro recurso) para saber si los demás la aprobaban y reconocían que era una Rana auténtica.

    Un día observó que lo que más admiraban de ella era su cuerpo, especialmente sus piernas, de manera que se dedicó a hacer sentadillas y a saltar para tener unas ancas cada vez mejores, y sentía que todos la aplaudían.

    Y así seguía haciendo esfuerzos hasta que, dispuesta a cualquier cosa para lograr que la consideraran una Rana auténtica, se dejaba arrancar las ancas, y los otros se las comían, y ella todavía alcanzaba a oír con amargura cuando decían que qué buena rana, que parecía pollo.

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