noviembre 30, 2011

La cabal actitud de la música: el criterio de un amigo

Efectivamente, la música es una actitud, un acto infinito de reciprocidad con la naturaleza y una importantísima fuerza en la transformación de la realidad. Luego, ¿no es la música, en su carácter, un acto discursivo y comunicativo que completa la sonoridad? Yo me lo pregunto porque es mi opinión, y ante ella se me anuncian nuevas interrogantes: ¿qué actitudes son dignas de la música? ¿estamos ante una pugna de géneros y melodías o ante una pugna de actitudes frente a la música y la vida? Me inclino por lo segundo, sobre todo, después de reflexionar en torno a los últimos acontecimientos vinculados con la censura de Osmani García. 
¿Es la censura contraria a la libertad de creación? ¿En qué precisos y definitorios momentos se convierte en recurso para defender la cultura, esa cuya única posibilidad de serlo en este mundo es la que le confiere su misión emancipatoria y humanista? ¿Puede el arte denigrar a la mujer, al hombre, al niño, al joven, para mantener inmaculado un mercado podrido en su esencia? ¿Puede aspirarse a una sociedad nueva, si no renunciamos a la utopía, en que los deleznables productos de la vulgar capitalización de la vida se establezcan como referentes y permanezcamos impasibles por esperar una respuesta gubernamental? ¿Son mayoría hoy entre el pueblo los consumidores acríticos de tales productos, o hemos sido minoría en los medios de difusión quienes los combatimos?
La censura no debe proceder solo de las instituciones encargadas de aplicar la política cultural de la Revolución, debe, además, significar una consecuencia de la reacción contundente de las personas frente a la
chatarra, el mercantilismo, la bisutería, la mediocridad. Y la máxima aspiración, me parece, debe ser que no exista la necesidad de censurar, debe ser una sociedad en que la cultura y el arte, patrimonios sin fisuras
de la nación, contengan en su funcionamiento y acción la imposibilidad misma de que surjan y prosperen las mercancías seudoculturales y deformadas que hoy nos acechan. Creo firmemente que censurar "canciones"
como esa de cuyo nombre no quiero acordarme, implica incluso, defender el reguetón, porque el género "per se" no es el del problema, por esa vía el debate se empaña, los del problema son los seres humanos, y la búsqueda de la diversidad o la experimentación, bien pueden conducirnos a la gestación de un reguetón nuevo, distinto al que hemos conocido en sus putrefacciones sórdidas, un reguetón limpio de la costra que en la mayoría de los casos lo ha acompañado, un reguetón que nos dignifique como pueblo, que proyecte
la verdadera esencia de nuestra cultura e identidad, en el cual vibren, al compás de la timba, los efectos electrónicos o las numerosas incorporaciones sucesivas de elementos nuevos, la sublime dimensión del
arte, la urgente ascención del hombre, la cabal actitud de la música.

No hay comentarios:

Publicar un comentario