abril 11, 2017

Algo que decir


Nos bautizaron así, adultos en formación, y primero quedé en un estado de furor por varias horas, al cabo de analizar ideas entendí la precisión como un elogio. Es verdad, la adultez es una etapa donde se arriesga menos, un tiempo donde se asientan ideas tantas veces traducidas en prejuicios. Los adultos o las personas mayores, como les dice el Principito y la niña del bolso amarillo, son menos tolerantes a la crítica, más indecisos para los cambios, propensos a crear conceptos totalitarios, generalizaciones, fórmulas que les faciliten comprender lo que no entienden.
Saben más los jóvenes del desenfreno, de las acciones no premeditadas. El espíritu de un adulto está seco de espontaneidad, hay que calcular bien los actos para ser una persona mayor, hay que criticar los nuevos bríos porque no saben de la vida, hay que tener la verdad, ser “el iluminado”, andar convulsivo con los ojos marchitos y “mucho trabajo”. Una persona mayor debe ser mesurada, diplomática, incluso hipócrita para no armarse de conflictos vanos.
Los adultos no tienen tiempo para pasear su perro, para reír en el parque con los niños o montarse en la hamaca aunque la tabla y la cadena no aguanten; ellos tiran las puertas, escriben tratados y miran a los “pequeños” con displicencia. Los mayores no saben pedir disculpas, porque aún durante al acto, dejan frases entre líneas que en realidad dicen lo contrario. Adulto es sinónimo de seriedad, aburrimiento, estrés, disimulo; nada tiene que ver con la edad.
¿Qué le habrán dicho los adultos de su tiempo a Martí?, creo que Fernando Pérez lo recrea con maestría en “El ojo del canario”; ¿qué le habrán dicho a Mella, a Guiteras, a Fidel? No es solo que la Revolución se forjó de los jóvenes, sino que son jóvenes los paradigmas de la Revolución. Los adultos de hoy premian el ímpetu de aquellos, que en todo tiempo defendieron sus justas ideas hasta con menos de 25 años, hasta con menos de 20, hasta con 16. Muchos de nuestros héroes fueron privados de cruzar la barrera de la edad donde algunos iconoclastas empiezan a identificar a una persona mayor, y no por eso dejan de ser sabios, y no por eso dejan de ser grandes, y no por eso dejan de ser héroes.
Es más, no me quiero formar como adulto, déjenme así, joven, irreverente, imperfecto, indócil, asesino de conformismos y burocracia; libre de planes de efecto, de actas que no lee nadie; sordo de consejos huecos y cansados, de consignas que son el columpio para oportunistas e intelectuales de café con mantel limpio y “mesa repleta”.
Quiero ser joven como mi madre, periodista hace más de 30 años y todos los días me (nos) sorprende; como mi suegro jubilado que no puede quedarse en casa a ver novelas extranjeras y tiene que salir todos los días a estar con jóvenes, no a decirle lo que tienen que hacer, sino a formar parte, como uno más; y se sonroja cuando le dicen “maestro”, y es humilde cuando le piden consejo.
Quiero ser joven eternamente, como Raúl Roa, como Carlos Ruiz de la Tejera, como Bladimir Zamora, como Santiago Feliú, Villena, el Wichi, el Che. Ya no quiero ser adulto, las personas mayores me traen malos recuerdos.



noviembre 04, 2016

Ideológico será hasta el aire… Reflexiones desde Cuba en defensa del socialismo

Tomado de http://www.laizquierdasocialista.org/
Por: Alejandro Gumá Ruiz, Investigador, Instituto Cubano de Investigación Cultural “Juan Marinello”

Estados Unidos bloquea a Cuba porque esta asumió el socialismo, que-por cierto- es la única garantía de la soberanía e independencia nacionales. Porque botó de aquí a los explotadores; porque cortó de un tajo la sangría económica y social; porque hizo de la política un frente cultural e internacionalista, que buscaba: no la creación de “un paraíso en las faldas de un volcán”, sino la redención de todos los pueblos del mundo.
Si Cuba fuera capitalista, o si volviera a serlo, no habría necesidad de bloquearla, porque no sería de los cubanos. Pero los nacidos en esta isla tampoco serían cabalmente “de Cuba” si no comprenden que la cuestión patriótica está soldada en los tuétanos a la cuestión social, económica y política. La nación nos la conquistó en los campos de Cuba el machete, la tea, el máuser arrebatado al enemigo. Famélicos y hambreados, los revolucionarios eran sostenidos por las ideas (sepan los tecnócratas de hoy que las ideas son los más poderosos sostenes). Entonces, si nadamos un poco más hacia lo hondo, y somos honestos, entenderemos que lo que Estados Unidos bloquea no es a Cuba, sino un ordenamiento específico de ella; y sobre todo: la posibilidad de que las ideas de sus hombres y mujeres sostengan y desarrollen ese ordenamiento.

agosto 09, 2016

Crónica de un nacimiento anunciado (Sobre la Escuela de Formación Política Hugo Chávez)

Todos juntos

La casualidad o el destino me llevó a participar de una experiencia renovadora. La invitación llegó de un hermano, uno de esos a los que no puedes faltarle, en los que debes confiar porque el ejercicio de su amistad es fiel e incuestionable.
En la mañana del 31 de julio, con resplandor y desvelo, me uní a un grupo heterogéneo; ellos, con visible ventaja sobre mí, estaban conscientes de a dónde iban y sobre qué querían discutir. Soy un novato en estas prácticas, y un nombre como el de Escuela de Formación Política Hugo Chávez me anunció  un ejercicio demasiado solemne, cargado de consignas huecas e imposición de ideas, entorno del que estoy saturado hace tiempo ya. La predisposición viene de conocer leyendas donde un grupo de personas que se hacen llamar Comité Organizador asignan La Verdad (su verdad) a los “infelices participantes necesitados de instrucción”.
Llevaba puesto mi cascarón de vidrio, con el que puedo observar y completar un juicio sin verme amenazado por técnicas autoritarias. Pero ese cristal fue vulnerable y a las pocas horas, cuando apenas conocía el nombre de todos, ya era un hombre desnudo, con el alma lavada, tendida, vuelta a poner y a quitar, y otra vez enjuagada y tejida con la de otros.
La Escuela en sí misma es un ejercicio de participación, de respeto, de emancipación y diálogo. El espacio donde no solo se discute un proyecto de sociedad, sino también donde se practica; porque la utopía es posible cuando deja de entenderse como tal, cuando el sujeto que dice “viva la revolución”, actúa como un revolucionario; cuando el líder que dice “¡esta construcción es de todos!”, abandona la necesidad de ser regente sin atisbo de impotencia. Y es que ser consecuente es la mayor virtud de un ser humano, y si en algo hemos fallado durante tantos siglos de historia es en eso.
No fuimos a este lugar a mentirnos, a predicar ideas para que otros alabaran nuestra ilustración, no soñamos la unanimidad sino el consenso; no cargamos con un lema, lo construimos juntos; hablamos de conciencia, y la ejercimos; hablamos de autocrítica, y la ejercimos; hablamos de valores, y los ejercimos; hablamos de relaciones sociales, y las ejercimos; hablamos del respeto a la diversidad, y lo ejercimos. Hablamos de dinamizar y crear estructuras, y la Escuela no fue estática en su construcción.
En algún momento de la semana pensé que llevaba años allí, que la educadora popular era mi madre; el joven irreverente de al lado, mi hermano menor; la alemana rubia, del Movimiento Sin Tierras de Brasil; la chilena, cubana; todos como una familia, una de verdad.
Qué sueño profundo el de una sociedad donde estemos comprometidos con la tierra, con los recursos materiales, donde nuestra costumbre sea la de pensarnos en la posición del otro y juzgar de cada quien su utilidad.
En realidad, y ahora lo entiendo, ninguno de los participantes de esta Escuela fuimos conscientes del fin. Salimos hombres y mujeres nuevos, cada quien con sus particularidades. Por eso confío en este amigo, nunca me llama a una aventura condenada al fracaso, le agradezco haberme invitado a nacer junto a otros seres humanos, que merecen desde ya mi afecto.