abril 04, 2019

Metamorfosis a jefe


No aspiraba a ocupar un cargo, no por miedo a ser contemplado con el tamiz del prejuicio, sino porque la posición de fiscal o juez siempre es más cómoda. Los jefes son personas solitarias, así me advertía un amigo, y en primera instancia supuse que no tenía razón; pero la práctica nos cambia percepciones y sentidos, y a pocos meses de ser visto por otros como regente (aunque en mi espejo sigo siendo el mismo) ya hay una peligrosa soledad en la órbita.
Por el empeño de ser consecuente a mis palabras, acepté sentarme detrás de un buró, reducir al mínimo mi tiempo de estudio, de creación y de ocio, para ponerlo en función de ayudar a otros. La canción que no escribo, el disco que no termino, el video clip que no realizaré serán los nuevos eventos, proyectos y premios de una organización que quiere parecerse a sus miembros, a todos, sin parcelas, sin preferidos, sin censurados.
Mi yo jefe, recibe nuevos abrazos y besos de aquellos que buscan sacarle jugo a la fruta, o de esos otros que disfrutan el morbo de estar cerca del poder, como si la vecindad determinara garantías; recibe elogios frugales, cuestionamientos metódicos, o palabras sinceras de apoyo, pero la responsabilidad es indivisible, lo mal hecho se observa con lupa, lo bien hecho es tomado por obvio. Mi nuevo yo está solo, allí donde todos miran para luego juzgar sin preguntas.
Ajeno a la necesidad de créditos, prefería seguir siendo uno más, pero un día me escuché pedir a gritos una secretaria para organizar el caos a mi alrededor, para que llevara mi agenda y respondiera las cinco llamadas a la vez, porque la coincidencia de solo dos conflictos ya imposibilita la resolución de uno de ellos; otra mañana respondí acalorado a un correo porque tres cabezas tropezaban con la mía pidiendo apoyo para tres proyectos importantes y solo tenía disponibilidad para aceptar uno.
El jefe dialoga con el artista, la mesura con la irreverencia, y todas las partes exploran por lugares comunes o divergentes detrás de un ser interno que homologue las fracciones. Hay una idea clara, mi empresa no será regir, en el futuro donaré mi silla giratoria a quien busque ser útil.
Sepa usted, próximo jefe, que encontrará ingratos, pero también gente noble para ayudar sin pedir nada a cambio; sea modesto, imparcial, cuide de tener preferencias, lime los filos de su carácter; pero sepa que no solo vestirá su ropa, también le verán puesta la mía y la de todos sus antecesores, que llevará prejuicios colgados de sus manos, que de su tono de voz los otros escucharán una sola frecuencia, que una tarde llegará a brindarle su mano a una joven colega y ella, sin saber que usted ya no tiene tiempo para soñar su vida, le preguntará con desconfianza, “¿tú eres el funcionario?”, y recordará con añoranza el día en que era simplemente usted.
Guarde la sonrisa para el peor momento, y cuando crea que se va pareciendo a aquello que combatió, no busque una zona aislada de confort, empuje la puerta, empiece de nuevo y dígale a Kafka que ninguna metamorfosis es para siempre.

septiembre 07, 2018

Pánfilo no vive del cuento

No es el humor atemporal y cosmopolita al estilo de Les Luthiers, Tricicle o Mr. Bean el que nos hace reír cada lunes con Pánfilo y sus vecinos, son los mensajes intertextuales relacionados con la cotidianidad cubana los que provocan el disfrute inmediato y la posterior reflexión de algunos.
La serie se alimenta de realidades que precisan transformaciones urgentes, y de estereotipos construidos por la repetición de patrones en un rol determinado. El programa se enfrenta al arribismo, la zalamería, y emplaza ciertos mitos y costumbres a ser erradicados.
Vivir del cuento tiene el privilegio ganado de contar con muchos espectadores, la mayoría fieles amantes, otros, detractores de lo grotesco como forma de hacer reír; todos, sin embargo, conscientes del carácter crítico del programa, un fustigador necesario en todos los tiempos.
Lo mismo un ama de casa que un funcionario son televidentes asiduos capaces de rematar con la sugestión propia una agudeza de los guionistas, sin embargo, descubrir el pasaje no significa repasarnos en él. Prueba de ello es aquel que nos recibe con unos golpes en el pecho para, como buen nonócrata (diría Calviño), negarse con rodeos a atender un nuevo proyecto; el mismo que se muestra indiferente sin darle un aventón a nadie y los martes llega a la oficina y mientras le comunica a su secretaria que no está para nadie, le comenta lo bueno que estuvo Pánfilo ayer.
Con cuántos Facundos nos topamos cada día, ciegos e intolerantes como cualquier fanático; con cuántos tramposos como Chacón, o supervivientes del fracaso como Chequera; cuántas realidades de Pánfilo no nos son ajenas. A veces pasa la media hora y entiendo el humor de Vivir del cuento como un eufemismo para hacernos juiciosos.
Entonces la mirada severa del anciano nos exige: deja de reír si después sales a la vida a parecerte al chiste; si tienes un negocio privado donde solo contratas a las jóvenes blancas y sensuales; si tu proyección es absolutista y demagoga; si tus principios son maleables; si discriminas al homosexual, al negro, al anciano, al pobre, al de otra ciudad, al diferente; si te aprovechas del necesitado; si practicas el amiguismo; si no asumes tus actos con responsabilidad. Deja de reír si eres la de la farmacia que no devuelve los buenos días, el director acomodado en su cargo, el pedidor de favores a cambio de hacer el trabajo, el taxista explotador que cobra doble el pasaje, el ladrón de los suministros de otros.
Pánfilo no vive del cuento, vive de nuestros errores. Recicla las veces que hemos sido injustos, egoístas, volubles, malos dirigentes o malos dirigidos; los lunes después del noticiero, no hace más que ponernos un espejo en la pantalla.

(Original para Granma)

mayo 04, 2018

Mirarse por dentro

Quiso mirar y encontró un paraíso, 
quiso mirar y encontró el infierno, 
quiso mirar donde siempre nos duele…
 José A. Quesada

Como trabajo de noche y madrugada, cuando tengo que levantarme temprano y viajar espero a conseguir un asiento del ómnibus para cerrar los ojos durante el trayecto y sosegarme; pero el interior de cualquier ruta urbana es un universo draconiano, una aventura donde queda expuesto lo oscuro de las almas o su limpieza.
Entre el calor humano (entiéndase literalmente), las espaldas pegadas, el anciano que empuja a la estudiante mientras blasfema sobre la juventud y los ojos vidriosos de los rutinarios, van las historias para dejarse apropiar por quien, simplemente, tenga oídos.
Lo más curioso es que muchos pasajeros no relatan su vida, sino la de otros; así conocí sobre la estudiante universitaria enamorada de un hombre mayor; la injustificada excarcelación de un aparente culpable; el durísimo examen de Química y el profesor inepto; el jefe impopular que designaron en cierta empresa; y más de todo lo ajeno.
Se sabe que la representación social sobre alguien se completa con lo que cada cual cree y dice de él; las historias tienen del imaginario individual y colectivo porque también se construyen desde subjetividades y prejuicios.
He conocido a una supuesta enamorada de un hombre mayor, siendo nada menos que una hija admiradora de su padre; he hojeado exámenes accesibles después de una advertencia por su dificultad, soy amigo de muy buenos profesores condenados por vagos alumnos que no admiten más rigor que el impuesto por su mediocre y antiguo maestro; he compartido con seres humanos excepcionales cuya humildad es tan alta que no se reconoce a ella misma y son jefes justos a pesar de algunas sórdidas campañas en su contra, matizadas por la envidia y la antipatía a lo nuevo. He conocido culpables que son inocentes.
Será más habitable el mundo si aprendemos a mirarnos primero por dentro, si descubrimos, además del ángel, al demonio que también nos habita. Si admitimos las tantas veces que hemos sido mediocres, autosuficientes, odiosos, injustos a los ojos de otros, sin poder desmentir del todo el juicio. Habrá que eliminar la costumbre de perturbarnos con lo desconocido, de subestimar las actitudes, decisiones o creencias ajenas sin conocer su trasfondo, de hacer lo que no soportamos que nos hagan.
Cada persona en alguna circunstancia de la vida se parece más a aquello que desprecia y menos a lo que pretende ser. Hablar mal y con saña de otros dice peor de nosotros mismos, su práctica cotidiana transforma el acto en una fiebre contagiosa, alimenta el prejuicio, ciega las entendederas.
Es más útil a la sociedad que en el ómnibus (y en todas partes) cada quien haga ejercicios de introspección, así se aprende a mirar mejor afuera, a ser críticos responsables, a crecer como seres humanos, y con menos palabreo; de paso, cuando me levante temprano para viajar, quizá en la ruta pueda dormir.

(Original para Granma)

abril 20, 2018

¿De qué arte somos dueños o siervos?





 Foto: Enrique Smith Soto
También la cultura es un instrumento de dominación. El ser humano pasional, aun cuando intenta la objetividad, reacciona influenciado por sentimientos y estados de ánimo, de ahí que el lenguaje de la música, la danza, el teatro, la pintura, la literatura, sea el más efectivo transmisor de ideas y valores.
El arte puede emancipar o consumir a los pueblos, es un medio para la comunicación y un modo de traducir lo cotidiano en emociones.
Admitidas estas características, especialmente en la música, por su alcance masivo y poder de convocatoria, la industria del entretenimiento es otra columna vertebral del sistema político imperante en el mundo, con un engranaje que articula (consecuente con sus intereses) el mercado, el artista y los públicos.
A la industria musical en la mayor parte del mundo, la rigen leyes en función de crear modas, estilos de vida e imaginarios de éxito; entrar en ella a veces representa adaptarse, incluso sin entenderla completamente.